Fábulas del piso de abajo
Cuento 10 · 4 min

Tratado en tres capítulos
La garrapata tenía un sistema del mundo en tres capítulos. Primero: subir hacia la luz. Segundo: soltarse cuando huela a mantequilla rancia. Tercero, el más breve: tibio, aquí.
Lo defendió dieciocho años en la punta de una rama sin que nadie le hiciera una sola objeción. Una tarde llegó el olor, ella se soltó y bebió hasta quedar redonda. El sistema funcionó a la perfección, y en ninguno de los tres capítulos apareció el perro.
Moraleja: Solo los tratados breves llegan a terminarse.
La agrimensora
En una sola mañana la hormiga levantó el plano completo de la llanura blanca. La cruzaban hileras de crestas negras que se repetían sin ningún orden: la cresta en forma de gancho aparecía cuarenta veces en una sola hilera. Anotó que el terreno era pobre en formas y que, además, estaba mal distribuido.
A mediodía la llanura se alzó por una orilla, dio la vuelta por el aire con ella encima y en su lugar quedó otra idéntica, con las mismas crestas en otro desorden. La hormiga añadió al informe que la región era de temblores y desaconsejó fundar ahí.
La llanura descansaba sobre las rodillas de un hombre, dato que no figura en el plano.
Moraleja: Quien recorre un terreno a pie lo conoce mejor que quien solo lo ve desde arriba.
Diagnóstico
Había una vez un perro que era el médico de la casa. Con solo oler a la señora sabía cuándo había llorado y cuándo había comido chicharrón, y nunca se equivocaba.
Aquella tarde el amo llevaba tres horas en el sillón sin comer ni levantarse. Tenía sobre las rodillas un objeto abierto que olía a polvo y a las manos de otro hombre, y de vez en cuando le movía una esquina. Fuera de eso, no hacía nada.
El perro lo olió con cuidado, de los zapatos a la barba. El amo no tenía nada, y eso era lo grave: tenía la quietud de los enfermos y no olía a enfermedad.
El libro era de Kant y trataba de lo que no se puede conocer. El amo llevaba once años leyéndolo y sabía casi todo al respecto.
El perro aplicó el tratamiento de costumbre, que era ponerle la cabeza en la rodilla y esperar. No dio resultado. Entonces salió al jardín, desenterró la pelota, que era lo más valioso que tenía, y la depositó con cuidado sobre las páginas abiertas.
El hombre la apartó con el dorso de la mano, sin levantar los ojos, y pasó la hoja.
Moraleja: No hay enfermedad más difícil de curar que la que no huele a nada.
Pabellón B
Nueve años llevaba el chimpancé del pabellón B estudiando a los hombres de bata, y ya los tenía bastante bien entendidos.
Si jalaba la palanca amarilla, ellos escribían. Si jalaba la amarilla y luego la azul, escribían más. Una vez se rascó durante media hora y tuvieron que traer otro cuaderno. De ahí concluyó que escribir era la forma en que los hombres se rascaban, y con paciencia llegó a hacerlos escribir casi a voluntad.
Un lunes no vino nadie. El martes tampoco.
En Basilea, un comité había negado la renovación de los fondos en un dictamen de cuatro líneas: el tema ya estaba muy estudiado.
El chimpancé se sentó junto a la palanca amarilla y la jaló toda la semana, con un rigor que nadie anotó.
Moraleja: Nadie estudia nueve años una cosa sin que alguien, en otra ciudad, la encuentre poco original.
Lo que no hacía nada
El hombre había dedicado la vida a los límites del conocimiento, y estaba seguro de que si alguna vez tenía uno enfrente lo iba a reconocer.
Lo de la repisa del pasillo lo habían traído en marzo, y desde entonces no había hecho nada. No se movía ni hacía ruido. Tampoco olía a nada. Una noche le puso la mano encima y lo encontró apenas tibio.
Lo observó una hora desde la puerta del estudio, y después otra, con el método de siempre. El perro se echó a sus pies a esperar con él. No pasó nada que valiera la pena anotar.
Le pareció que aquello estaba solo, o aburrido, que para el caso viene a ser lo mismo. Como no tenía otra cosa que ofrecerle, le dejó encima su Kant, abierto en la página que más quería, y se fue a dormir.
Por la mañana el libro estaba en la repisa, cerrado y un poco más a la orilla.
Moraleja: Los libros deben guardarse cerrados, porque abiertos se les lastima el lomo.