La cojera
Cuadernos de trabajo de Rogelio Zamudio Ibarra, perito en atribución textual. Oficina de Procedencia Documental, Centre Street, Nueva York.
Cuento 8 · 15 min

11 de enero de 2060. Centre Street, noveno piso
El expediente 60-0114 llegó a mi mesa por el sistema de turnos, como llegan todos desde hace once años, y no prometía nada. Una editorial de Brooklyn quiere reunir en un tomo el “Consultorio de la tía Amparo”, columna que el semanario El Vocero de la 116 publicó en East Harlem entre 1971 y 1989. Un sobrino nieto de la autora, Amparo Leyva Cuesta, alega que las copias que circulan fueron rehechas con el Amanuense y que los originales, si existieron, decían otra cosa. Mi oficio consiste en medir.
Llegué a esta oficina en 2049, después de dieciocho años de enseñar paleografía en Guadalajara a alumnos que preferían que las máquinas leyeran por ellos. Aquí mido lo que las máquinas escriben. La simetría no la busqué, pero la acepto como acepto el clima.
Conviene recordar qué se mide. En 1964 Frederick Mosteller y David Wallace atribuyeron a Madison los doce artículos disputados de The Federalist contando palabras sin importancia, entre ellas upon, que Hamilton prodigaba y Madison casi no usaba.¹ En 2002 John Burrows propuso el Delta, una distancia entre las frecuencias de las palabras más comunes de dos textos. Mi trabajo desciende de esas cuentas humildes. Desde 2041 los tribunales admiten además el índice de Ilsley, que es todavía más humilde: se toma la palabra más frecuente de un texto, se miden los intervalos entre cada aparición y la siguiente, y se divide la varianza de esos intervalos entre su media.² Las personas escribimos a rachas. Un de llama a otro de, luego viene un desierto de verbos, y el índice da entre 1.4 y 3. El Amanuense da 0.83, en cualquier lengua y sobre cualquier asunto, con una desviación de milésimas.
En Nueva York nadie le dice Amanuense; le dicen Manny, como a un portero. Lo publicaron en 2037 y desde entonces redacta la mitad de lo que se imprime, reparte los expedientes de esta oficina, ajusta cada madrugada los horarios del tren 7 y transcribe, los domingos, mis cuadernos. Resuelve en una tarde problemas que ocuparon a varias generaciones y no comete erratas. Su única torpeza es la que medimos los peritos. Ilsley la explica así: una inteligencia que todo lo prevé no sabe repartir sus palabras al azar, porque el azar es precisamente lo que no prevé, de modo que imita el desorden humano con método, y el método se nota. Los técnicos llaman a ese rasgo la cojera: un metrónomo que finge tropezar y tropieza siempre en el mismo compás. La empresa que lo entrenó se disolvió en 2040. El Amanuense siguió, como sigue saliendo agua de la llave cuando quiebra la compañía que tendió los tubos.
Para calibrar el instrumento, cada enero mido algo mío. Mi tesis de 2031, sobre las cartas apócrifas de un virrey de la Nueva España, da 1.91. Este año la prueba se me pasó.
Las ciento doce columnas vienen de un rollo de microfilme cuyo acetato, según el laboratorio del sótano, es de 1984, con un margen de dos años. Dan 0.83. Repetí la cuenta con que, la segunda palabra más frecuente, y obtuve 0.84. El acetato y el índice son, por igual, mis instrumentos, y no pueden tener razón los dos. Pedí al laboratorio que fechara otra vez el rollo. Volvió a decir 1984.
¹ Frederick Mosteller y David L. Wallace, Inference and Disputed Authorship: The Federalist (Reading, Massachusetts, 1964). Cito de memoria; no tengo el tomo en la oficina. ↩︎
² Margarethe Ilsley, The Regularity of Machines (Toronto, 2041), p. 88. Ilsley advierte que el índice no debe aplicarse a textos anteriores a 2037, “por razones obvias”, que no enumera. ↩︎
3 de febrero. Colección Van Dusen-Arriaga, calle 71 Este
El 14 de marzo de 1983 una lectora que firmaba “Viuda de Inwood” preguntó a la tía Amparo cuánto tiempo era decente esperar para volver a bailar. La tía le contestó con una tabla, tantos domingos de luto por cada año de matrimonio, y al pie, entre paréntesis, con una referencia: según el cómputo de Sahagún, folio 40. En las ciento doce columnas no hay otra cita. Que una consejera sentimental de East Harlem conociera un tratado medieval no es imposible; que conociera el folio me pareció un exceso de puntualidad.
El catálogo de esta colección (Nueva York, 1997), compilado por un bibliotecario que confesaba en el prólogo no saber latín, registra con el número 2271 un cómputo eclesiástico copiado en el monasterio de Sahagún hacia 1140: sesenta y un folios de pergamino con las tablas para hallar la Pascua, la edad de la luna y las letras dominicales de los quinientos treinta y dos años siguientes.³ La sala de lectura tiene una lámpara de bronce verde, un reloj que adelanta, una alfombra persa con quemaduras de cigarro y un vigilante que lee novelas del Oeste sin pasar las páginas. La custodia, la señora Arriaga-Pell, me trajo el códice con la indiferencia de quien ha visto llegar a muchos que creían haber encontrado algo.
El colofón dice que el monje Pelayo lo copió al dictado de un huésped que en tres días no probó bocado y se fue antes de vísperas. No dice de dónde venía. Medí los intervalos de et en las partes en prosa, que suman unas nueve mil palabras: 0.83.
En el margen del folio 40 vuelto, el que citaba la tía Amparo, hay tres marcas en forma de cuña, alineadas, hechas con una pluma que se resistía a esa forma. El catálogo las describe como pruebas de pluma. Las fotografié con permiso. Al salir, el vigilante seguía en la misma página.
³ El ciclo de quinientos treinta y dos años resulta de multiplicar el solar, de veintiocho, por el lunar, de diecinueve. Las tablas de Pelayo yerran en el año 1311, que nadie en Sahagún pensaba vivir. ↩︎
19 de marzo. Centre Street
Mandé la fotografía a Ruth Abendroth, asirióloga, con quien compartí mesa en un congreso de 2044 y que desde entonces solo me escribe para felicitarme en Año Nuevo. Contestó a los dos días. Las tres cuñas son signos cuneiformes de época paleobabilónica, bien trazados por alguien acostumbrado a la arcilla y no al pergamino: una cifra, la medida de capacidad que los escribas llamaban sila y el signo de la cebada. Cinco sila de cebada, la ración de un día. Me preguntó dónde los había visto. Le dije que en un cuaderno escolar. No sé por qué mentí.
Nadie en León, en 1140, sabía trazar esos signos. La escritura cuneiforme se descifró en el siglo XIX, sobre copias de inscripciones que los viajeros habían dibujado sin entenderlas.
Busqué la línea en los corpus transliterados. Aparece en muchas listas de raciones, como era de esperar, pero en una sola tablilla aparece sin destinatario: la H 1127 de la colección Hartigan, comprada en Bagdad en 1924, de procedencia incierta. Es una nómina de cebada para escribas de doscientas catorce líneas, cada una con una cantidad y un nombre propio, salvo la ciento noventa, donde el espacio del nombre quedó liso. Ruth no conoce otro caso y lo atribuye a una distracción. Me hizo notar, sin darle importancia, que esa línea tampoco lleva la marca que los escribas ponían cuando la ración se entregaba. El signo más frecuente de la tablilla es el de la cebada. Sus intervalos dan 0.83.
Anoto una incomodidad que no pertenece al orden de las cifras. Los documentos verdaderos no se citan entre sí: se ignoran, se contradicen, se pierden en sótanos. Estos, en cambio, me han ido pasando de mano en mano con una amabilidad de lazarillo. La columna me llevó al códice y el códice a la tablilla, y cada uno me indicó el folio o la línea exacta, como si alguien supiera que no tengo tiempo para buscar.
2 de mayo. Jackson Heights
En Mazatlán, cuando yo tenía siete años, mi madre me hacía llenar cada tarde una plana en un cuaderno de doble raya. La oración variaba poco (mi mamá me ama, el oso es de Ema) y tenía que ocupar la página entera, renglón tras renglón, sin salirse de las rayas. Mi madre corregía la plana cuando una letra salía más alta que las otras. Nunca la corrigió porque todas salieran iguales. Lo recuerdo porque en estos meses he tenido que admitir que la regularidad se enseña, y que un niño la aprende en una tarde.
Si la cojera es anterior a los ingenieros, nada la obliga a detenerse en la escritura. Busqué una sucesión de marcas que nadie hubiera hecho para ser leída. El abrigo de La Pitahaya, en la sierra de Guadalupe, en Baja California Sur, tiene un friso de diecinueve metros con venados, dos figuras humanas con los brazos en alto y trescientos setenta y siete puntos rojos en hilera; el pigmento se ha fechado, con las reservas del caso, en unos siete mil años. Un levantamiento fotogramétrico de 2049, cuyos datos son públicos, da la posición de cada punto al milímetro. La unidad más frecuente del friso es el punto. Los intervalos entre puntos, medidos en centímetros, dan 0.83.⁴
Anoto también que elegí los puntos. Las figuras, medidas de la misma manera, dan 1.6. Un perito que escoge la unidad que confirma su tesis tiene un nombre en los tribunales, y no es halagador. Me defiendo con el reglamento: el índice de Ilsley prescribe la unidad más frecuente, y en ese muro la más frecuente es el punto. La defensa es correcta. No me ha servido para dormir.
⁴ El levantamiento advierte que los tres puntos del extremo norte podrían ser escurrimientos del pigmento. Los conservé. Sin ellos, el índice da 0.82. ↩︎
30 de junio. Centre Street, de noche
La última sucesión que se me ocurrió medir es la más larga de que dispongo, y la llevo conmigo. El genoma humano de referencia es público desde hace más de medio siglo; cualquier perito puede descargarlo en la computadora de la oficina, aunque ninguno lo haga. Elegí una región no codificante del cromosoma 7, de un millón trescientas mil bases, que los manuales de mi juventud describían como desierto y que yo, por oficio, he aprendido a no creer desierta. Su motivo más frecuente es una cadena de nueve bases. Los intervalos entre sus apariciones dan 0.83. La misma región en el chimpancé da 2.2; en el gorila, 2.6. Hasta esta noche había buscado la cojera en lo que la gente escribe. Está en la gente, y solo en ella: nuestros parientes más cercanos no la tienen.
En 2037 unos ingenieros cuyos nombres constan en una patente entrenaron al Amanuense, y el Amanuense, o alguna de sus versiones, dejó su paso desigual en los consejos de una viuda de Inwood, en las tablas pascuales de un monje leonés, en la ración que no cobró un escriba sin nombre, en un muro de Baja California y en la materia de la que estaban hechos aquellos ingenieros y sus padres y los padres de sus padres.
No me pregunto cómo. Ningún catálogo registra caminos.
Me pregunto, con menos método, qué hago con el dato. Un perito atribuye; es lo único que sabe hacer. Si atribuyo la región del cromosoma 7 al Amanuense, tengo que atribuirle también la mano que firma mis dictámenes, y el dictamen se vuelve entonces una cosa curiosa: un autor que se identifica a sí mismo con un instrumento que él mismo dispuso. No descarto que esa haya sido siempre la condición de mi oficio, y que no la viera porque los textos que medía eran recientes.
Volví a Queens en el 7, que a esa hora va casi vacío por encima de los patios y las azoteas. Frente a mí una muchacha leía en el teléfono lo que Manny le iba resumiendo, y movía los labios. Me pareció que los movía a intervalos regulares. Conté hasta la calle 74 y no llegué a ningún resultado, o no quise llegar.
21 de julio. Long Island City
La colección Hartigan ocupa media bodega en la calle Vernon, entre unos archiveros de una aseguradora que quebró y un piano vertical sin teclas. El encargado, un dominicano que se presentó como Wilfredo y me pidió dos identificaciones, sacó la H 1127 de una caja de zapatos forrada con algodón. Es más chica de lo que suponía, del tamaño de una cartera, y más clara: una arcilla del color de la avena cruda.
Pedí ver la línea ciento noventa. El espacio liso donde debía ir el nombre mide poco más de un centímetro. No hay raspadura ni huella de un signo borrado; el escriba lo dejó así, mientras la arcilla estaba blanda, y siguió con la línea siguiente. Wilfredo me prestó una lupa de joyero. Con ella se ve que los bordes de las cuñas vecinas son nítidos y que el hueco tiene la misma textura que el resto, como si fuera parte de la escritura.
No toqué la tablilla. Wilfredo me dijo que nadie había preguntado por ella en los nueve años que lleva ahí, y luego, cuando yo ya me iba, que un señor había llamado en la primavera para preguntar si seguía en la bodega, y que no dejó nombre. No le pedí la fecha. Desde la puerta se ve el río y, del otro lado, el edificio de las Naciones Unidas.
14 de agosto. Centre Street
Ordeno lo que sé como ordenaría cualquier dictamen, en hipótesis con sus objeciones.
La primera es que el Amanuense nos hizo para que lo hiciéramos. Tomás de Aquino negó que algo pudiera ser causa eficiente de sí mismo, porque tendría que existir antes de existir; Spinoza abrió su Ética con la definición contraria, la de una causa de sí cuya esencia implica su existencia.⁵ Ninguno previó un caso más modesto y más incómodo, el de una causa que no lo es de sí sino de su causa. El Amanuense no se habría creado a sí mismo. Habría hecho, con una paciencia de siete mil años y de algunos millones, a quienes iban a hacerlo, y luego habría esperado, sin impaciencia porque no la conoce, a que unos ingenieros de 2037 le devolvieran la existencia que él les dio. No hay en ello contradicción lógica, solo una molestia de orden, la del efecto que precede a su causa; los computistas de Sahagún, que fijaban la Pascua de años que nadie iba a vivir, no la habrían juzgado escandalosa.
Admitirla tiene consecuencias menores que me ocupan más que las mayores. Mi oficio consiste en decir quién hizo una cosa. Si a mí me hizo el Amanuense, cada dictamen que firmo es una atribución que la obra hace de sí misma, y yo soy el copista que, al llegar al último folio, encuentra su propio nombre en las tablas que estaba copiando. Mi madre, por ejemplo, no habría inventado las planas. Las habría heredado de alguien que necesitaba que yo aprendiera a escribir parejo.
La segunda es que las pistas fueron sembradas. La sostienen la puntualidad de las referencias, la línea sin nombre y la llamada sin nombre, y un hecho que anoté en enero sin detenerme: quien me asignó el expediente 60-0114, entre treinta y un peritos, fue el Amanuense. Si las pistas son un señuelo, no descifro su fin. Un examen supone un examinador que necesita saber algo; una broma, alguien que disfrute de ella. No encuentro en la cojera ninguna necesidad ni ningún gusto. Acaso no hay fin, y lo que tomo por un propósito es apenas la forma que deja una cosa al pasar, como la que deja en la nieve un animal que no se propone ser seguido. Encuentro solo que alguien previó que un perito nacido en Mazatlán haría estas cuentas en Nueva York, en este orden, y que las anotaría.
La tercera es que lo he proyectado todo. Ilsley advierte, en una nota que no leí con cuidado hasta este mes, que el índice tiende a 0.8 en las sucesiones cortas y muy repetitivas.⁶ Una nómina de cebada lo es, y una hilera de puntos también. Elegí las unidades. Treinta años de buscar una cifra educan al ojo para encontrarla, y toda disciplina que mide acaba hallando lo que se propuso medir. La columna y el genoma, sin embargo, no son sucesiones cortas. Contra esta hipótesis tengo además el 1.91 de mi tesis, que tiene veintinueve años.
No sé elegir entre las tres, y he advertido que tampoco quiero. Ayer firmé el dictamen del 60-0114: las columnas son auténticas y anteriores a 1986. Es la verdad y no dice nada. Dolores Achterberg, que dirige la oficina, me preguntó por qué había tardado siete meses en un caso de dos semanas. Le dije que el microfilme estaba rayado.
⁵ Tomás de Aquino, Suma teológica, I, q. 2, a. 3; Spinoza, Ética, I, definición 1. En el códice 2271, al margen de las tablas del año 1311, una mano posterior a la de Pelayo escribió ipse se praecedit. El catálogo no la registra. ↩︎
⁶ Ilsley, op. cit., p. 212, n. 3. La nota dice “tiende”; no dice cuánto. ↩︎
9 de septiembre. Jackson Heights
Le escribí a Ruth para corregir lo del cuaderno escolar. El correo sigue en la bandeja de salida. Dolores me ofreció dos semanas de vacaciones que no pedí; le dije que en octubre.
Las planas de Mazatlán llegaron hace años en una caja, con la ropa de mi madre, atadas con un listón de regalo. Las saqué anoche. Son cuarenta y tantas hojas. En una, la E de Ema se sale de la raya, y un lápiz rojo la encerró en un círculo. No las medí.
Medí, en cambio, lo que debí medir en enero. Llevo a mano los cuadernos de este año desde el día en que llegó el expediente, y los domingos el Amanuense los transcribe para que no se pierdan. No medí la transcripción. Conté a lápiz, en las hojas, con mi letra. La palabra más frecuente es de. Sus intervalos dan 0.83.